Donnerstag, Juni 10, 2010

DE PLAYAS (2): EL CHIRINGUITO.

CHIRINGUITO: 1. m. Quiosco o puesto de bebidas al aire libre.

Ignoro si a ustedes les ocurre lo mismo que a mí, meine Damen und Herren: disfruto más de la cerveza en un chiringuito. Sí, es una percepción curiosa, aunque supongo que se debe al frescor vivificante que calma nuestras gargantas estragadas por la sed y alivia a nuestras lenguas, que convertidas en un pedazo de cuero intentan humedecer los labios resecos por el sol y el salitre del mar. Sea como sea, estimados parroquianos, me deleito con el primer trago de una cerveza en un chiringuito hasta el punto de que rozo el éxtasis. Una de las virtudes que adorna la personalidad de K. es que también disfruta con una caña, con la visión de la espuma compacta que ejerce de prólogo a la frescura de esa mezcla ancestral del agua, la cebada y el lúpulo. En vista de que nuestro siempre admirado José Luis Rodríguez, el Puma, concluyó su…deposición— es el término obligado ante un tipo que padece disentería mental— ante los miembros del Bilderberg, nosotros nos acercamos al día siguiente a las playas de Sitges. Todo estaba tranquilo, queridos lectores, algo que no me sorprendió porque es difícil que un hombrecillo que carece hasta de sombra deje algún tipo de huella o legado; aunque ahora que reflexiono, meine Damen und Herren, creo que el rastro de idiotez que deja tras de sí podemos considerarlo una ridícula y sobria herencia, o quizá una sombra chinesca: el menguado no da para más. Nuestra intención era disfrutar del sol y la playa para después comer un arroz en Cal Pinxo, en concreto un arroz con verduras (uno de nuestros platos favoritos) bien regado con una botella de Viña Esmeralda—una auténtica delicia para el paladar— o un Moët Brut Imperial. Sin embargo, estimados parroquianos, una prematura hambre canina me asaltó por sorpresa al tiempo que una sed torturadora ejercía de cómplice. Asimismo, y para redondear la sevicia, me quedé sin tabaco, ¡sin mi añorado Lucky! Fruncí los labios en un mohín de fastidio, oteé el paraje a la búsqueda de una solución y recordé las sabias y consoladoras palabras de Aristóteles: «Cuando las ganas de joder aprietan ni los culos de los muertos se respetan». Me levanté de la toalla y anduve con el caminar ahorrativo que me caracteriza hasta mi salvación: ¡el chiringuito! Llegué casi exhausto, pero el esfuerzo mereció la pena porque sabía que la bebida y un ligero picoteo estaban asegurados. Por el contrario, tuve que conformarme con el único tabaco que el argentino lenguaraz (disculpen el pleonasmo) que regentaba el tugurio tenía: Nobel. Lo sé, meine Damen und Herren, lo sé: ¡sin charme! Con todo, el par de cervezas y unas bolsas de patatas fritas acallaron las protestas de mi estómago y coleto. Aun así, al observar el billete de diez euros que reposaba sobre la mesa no pude dejar de pensar en nuestro siempre admirado José Luis Rodríguez, el Puma, un querubín de la majadería que siempre…toca de oído; un sordo que diría el clásico. Tal vez por ello y para demostrar mi bonhomía, me permito sugerirle a Frau Pajín que le preste los dos alerones que luce por orejas ya que no deseo que a ella le ocurra como a María Sarmiento, «que fue a cagar y se la llevó el viento».
Ahora bien, para vendavales los que soplan sobre la economía española, estimados parroquianos. Me resultan incomprensibles los españoles que abogan por una salida del euro, meine Damen und Herren; es más, lo considero un dislate. Intuyo que muchos de mis lectores consideran a José María Aznar, el último estoico, el mejor presidente de la democracia. En cambio, creo que sus legislaturas fueron como las de cualquier otro político: sombras y luces; cara y cruz. La entrada en el euro, queridos lectores, encerraba muchas trampas para esos simpáticos países del sur de Europa, varios cepos en los que ustedes cayeron con esa temeridad y alegría con la que pretenden justificar los errores de esa chusma, y también los de los mismos españoles, que denominan «clase política española». España no estaba preparada para entrar en el euro, pero el señor del bigotito deseaba sus quince minutos de gloria de igual manera que Felipe González tuvo que tragar— fue una auténtica trágala— con las condiciones draconianas que Francia y Alemania le impusieron para formar parte de la U.E. Ustedes ya saben que nunca fui un europeísta convencido, meine Damen und Herren, porque es complicado crear una unión monetaria entre países cuyas economías no pueden converger jamás y que arrastran diferencias estructurales de calado. A Felipe González, el Ososelensias, le obligaron a desmantelar la industria española ya que ni Alemania ni Francia deseaban un vecino que podía convertir sus productos en competitivos gracias a las devaluaciones de la peseta (durante el virreinato del Ososelensias se llegó a devaluar hasta un 30%). Ese fue el primer gesto para colocarles a ustedes el collar; el segundo llegó con el euro. Quizá la solución a los problemas españoles sea poner a José Bono, el padre Cojonciano, al frente de la economía española: un tipo que multiplica su patrimonio con tanto talento…¡qué no hará con el de todos!
Cogí el billete de diez para observar el anverso y el reverso. Mientras tanto, K. apuraba su caña. Dejé que bebiera, después sujeté su barbilla y nos besamos. No pude resistirme, meine Damen und Herren, necesitaba que lo supiera: «Me gusta que bebas cerveza, mi amor».

Foto: Cervezas en el chiringuito. NvO (2010).


1 Comments:

Anonymous van said...

A lo que llega un hombre cuando se queda sin tabaco, un Nobel.
Que no llegaría a hacer por una bailarina?

10:45 nachm.  

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