Samstag, Januar 09, 2010

CRÓNICAS DE UN BÁRBARO (10): DE REFLEJOS (2).


PATIBULARIO: 2. adj. Que por su repugnante aspecto o aviesa condición produce horror y espanto, como en general los condenados al patíbulo. Cara patibularia. Drama patibulario.


Era un bar de aspecto deslustrado, decadente y tan crapuloso como la apariencia del camarero que se parapetaba tras la barra; el típico local en el que siempre encontraremos un «Picasso» o las marcas de «una frenada de coche» cuando abrimos la tapa del inodoro. Disculpen que en ocasiones no los distinga, meine Damen und Herren, pero ustedes ya saben que carezco de la sensibilidad necesaria para apreciar el arte. Ahora bien, aquellos de ustedes que sean aficionados a…«practicar la “puntería”» — sé que me entenderán— encontrarían en esa pocilga un campo de tiro magnífico. Por el contrario, el camarero de aspecto patibulario dejó sobre la mesa un platillo con cacahuetes: supongo que no sería mi físico el que le indujo a actuar así; no, no creo.
Los minutos se sucedían con frívola liviandad, estimados parroquianos, al tiempo que K. bebía su Coca-Cola; y yo, mi segundo gin-tonic. Junto a la mujer que amo y en esa tarde anaranjada y con olor a otoño, descubrí que me encontraba en la Capilla Sixtina de los reflejos: la superficie metálica de la mesa; el cristal de mis Wayfarer; la laca de mi encendedor; y los eslabones del brazalete del reloj de K. A pesar de todo, meine Damen und Herren, el momento de partir se acercaba, así que nos dirigimos a la estación. Faltaban veinte minutos para la salida de mi tren, y antes de pasar el control de seguridad, K. y yo nos acodamos en la barandilla desde la que se domina la planta de la estación. Sé que ustedes saben tan bien como yo que todas las despedidas tienen un punto de mal augurio, un dolor sordo que no siempre somos capaces de admitir y que semeja un golpe propinado sobre una herida aún sin cicatrizar: sospecho que es lo que algunos denominan «recuerdos». Las manecillas de mi Omega administraban la tensión y el tiempo de una manera espasmódica; al menos así lo percibía yo, estimados parroquianos. Permanecimos abrazados un buen rato, meine Damen und Herren, mientras susurramos varios «te amo» en un tono similar al de la súplica del desesperado. Yo sabía que era una separación temporal y que escucharíamos de nuevo nuestras voces cara a cara; pero me resultaba difícil alejarme de ella. K. se separó de mí, acarició mi mentón, abrió el bolso y me entregó un sobre al tiempo que formulaba una petición: «Ábrelo cuando estés en el tren». Apreté las mandíbulas con una fuerza que sólo apaciguó el beso de K. y la expresión de su rostro. Ella sabe que odio las despedidas y que nunca me giro después de dar la espalda. Aun así, y una vez que mi equipaje fue controlado, detuve mis pasos y me di la vuelta. Allí estaba ella, estimados parroquianos, con ese físico en el que conviven en perfecta armonía delicadeza y contundencia, y con una llamativa hermosura que en muchas ocasiones el lugar en el que K. permanece acrecienta. Entendí que estaba ante una mujer que no admite analogías simples ni burdas imitaciones, queridos lectores; por algo es el amor de mi vida. Sonreí e incliné la cabeza. Acto seguido, meine Damen und Herren, llevé la mano a mi pecho («te quiero con locura»), mis labios («nuestra intimidad está en las palabras») y la frente («te llevo en mi pensamiento»); sé que ella lo entendió. No me sorprendí al entregar mi pasaje en el control de billetes, sabía que esas cristaleras devolverían mi reflejo y que yo me vería en él solo, muy solo. Obré bien al escoger un asiento individual: no me apetecía escuchar charlas insustanciales ni mi humor soportaría la cercanía de otras personas. Una vez acomodado, rasgué el sobre con el pulso trémulo y la mirada borrosa: soy humano, no lo olviden, bitte. La primera lectura fue rápida, ansiosa, las palabras brotaban ante mis ojos como si escuchara los retazos de una conversación lejana. Releí esos dos folios acunado por el traqueteo del tren, y en cada ocasión percibía un matiz nuevo, una expresión sincera y unas emociones alejadas de cualquier forma superflua o retórica. No les engañaré, queridos lectores, creo que leí esa carta más de cincuenta veces. Una vez satisfecho, recliné la butaca, sentía que el cansancio— casi extenuación— y un desaliento profundo y muscular me invadían. A pesar de cerrar los ojos no intenté conciliar el sueño; sería un intento estéril. Dejé que mi cabeza se bamboleara al ritmo de la marcha, un vaivén que me acercaba y alejaba de K.; incluso de mí mismo. Ese inquietante hálito que acompaña la apertura de las puertas del AVE me despabiló. Ladeé mi cabeza hacia el lado izquierdo y abrí los ojos; les diré lo que vi, meine Damen und Herren: un cristal sobre fondo oscuro vomitaba mi reflejo. Reflejos, todo son reflejos.


Foto: AVE. NvO (2009).


3 Comments:

Anonymous Anonym said...

Van Orton, olvida al Puma y escribe más post de este estilo, me han gustado mucho.No pierdas el tiempo.Saludos.

5:52 nachm.  
Anonymous Anonym said...

Aprovechando su paso por Madrid podría comentar algo sobre el cocido madrileño, ya sabe: Gallardón, Aguirre, Rajoy, Caja Madrid, Rato, ...

Saludos.

10:59 vorm.  
Blogger Aguador said...

Pues yo creo que está muy bíen, pero que lo mismo que puede hablar de "cocido madrileño", puede hablar de la "escudella i carn d'olla" catalana, o del "gazpacho andalú", que últimamente tiene mucha cebolla y demasiasdo tomate... sin olvidarnos del Puma Bobo, claro.

5:03 nachm.  

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