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de menos, o ~
menos a alguien o algo. 2. locs. verbs. Tener sentimiento y pena por su falta.
Un par de encuentros rápidos con unos conocidos y algo de trabajo, meine Damen und Herren: no hice más durante el primer día. Dejé mi país con la amenaza del otoño y las baladronadas del invierno. Tal vez por ello me alegré del clima barcelonés y de poder pasear con las manos vacías y una vestimenta ligera. Las conversaciones telefónicas con K. eran continuas, un destilado de nuestros sentimientos: «te amo», «te echo de menos», «me gusta tu forma de ser», «te necesito». Sin embargo, estimados parroquianos, era a partir de las ocho de la tarde cuando el tono trocaba la rapidez del momento robado al trabajo por la inflexión que otorga la calma. A esa hora suelo acudir al Bar Chipen para tomar el primer
gin-tonic, casi siempre en la terraza o en una mesa concreta, ya que ese sencillo mobiliario forma parte de mí. No se sorprendan, queridos lectores, a determinadas edades— yo entonces era un adolescente en un país extranjero— un lugar puede marcar nuestras vidas y moldear nuestros pensamientos con mayor intensidad que los consejos de una madre autoritaria. En Chipen aprendí a reflexionar, entendí cómo sería mi vida: hace ya tiempo que lo acepté y convivo con mis éxitos y fracasos. Ignoro si a ustedes les ha ocurrido, meine Damen und Herren, pero con K. tengo la certeza de que podré depositar mi vida en sus manos y observar el futuro con la misma parsimonia con la que recuerdo el pasado desde la terraza del Chipen.
«Presente» y «pasado» son palabras que pierden el significado cuando las aplicamos a la corrupción catalana. Lo entenderemos sin problemas si escuchamos a los que ahora se rasgan las vestiduras y se erigen en paladines de insólitos códigos de conducta. No obstante, meine Damen und Herren, no debemos extrañarnos, no olviden que Cataluña es una región cuyos habitantes no se consideran españoles pero que sin embargo está gobernada por un andaluz. Mientras que José Montilla,
Pepe el risas, entabla un combate contra «la desafección, la corrupción, el descrédito y las ideas conservadoras» — permitan un inciso: ¿qué tendrán que ver los cojones para comer trigo?— , su esposa, que responde al segundo apellido de Bonancia (¡qué poco
charme!), teje con primor mediante su propia fundación y la ayuda de los varios cargos que atesora. En realidad, queridos lectores, esa retahíla de canonjías no es más que un entramado cuyo único objetivo es perpetuar la influencia, porque eso es con lo que se mercadea en Cataluña: la influencia. ¿Qué vende Miquel Roca desde su despacho de abogados?, ¿les parece lógica la facturación que declara? Sea como sea no me quedo boquiabierto, estimados parroquianos, al contrario: aprieto los labios y esbozo una sonrisa. Sobre todo cuando escucho al representante de un partido político que forma parte del Tripartit (IU), que se limitará a las frases campanudas de rigor pero que no explicará el porqué un ayuntamiento del extrarradio barcelonés «sugería» un «donativo» de entre 5 y 10 millones de pesetas al sindicato preferido de Alfredo Urdaci a cambio de la concesión de determinas licencias industriales. ¿Cómo denominar a esa «sugerencia»?: ¿corrupción o compra de influencia? No se sulfuren, queridos lectores, en otro ayuntamiento, en este caso capital de provincia, la cifra llega a los 45 millones.
La auténtica corrupción no radica en la calderilla que con más o menos gracia trincan esos mamarrachos, sino en la influencia que atesoran durante sus mandatos para después, una vez «retirados», mangonear a su antojo y conveniencia; además la influencia tiene una ventaja respecto al poder: no desgasta.
Sea como sea, meine Damen und Herren, nadie se entera nunca de nada en Barcelona y prefieren no entender que el «oasis catalán» es un espejismo. Sobre la detención de Macià Alavedra poco escribiré, queridos lectores, ya lo hice antes:
Oasis y medios (2). Con todo, me permito realizar una sugerencia al inefable juez Garçon: si desea conocer todos los chanchullos de Herr Alavedra, una auténtica tela de araña, sólo debería leer la relación de industriales, empresas, abogados, etc. que compraban los cuadros de su esposa, Doris Malfeito. Sin embargo, estimados parroquianos, yo prefiero al otro chorizo: Herr Prenafeta. A pesar de las manos rollizas que le caracterizan—al observar sus dedos creeremos que nos muestran un catálogo de pollas—, Herr Prenafeta es un manilargo habilidoso. Conviene recordar la frase que Jordi Pujol le dedicó cuando CiU ganó las primeras elecciones: «Lluís, la Generalitat ya es nuestra». Herr Prenafeta se lo tomó al pie de la letra, y comenzó a extender su «catálogo» por cualquier actividad que le reportase alguna migaja. Eran los tiempos de comida diaria en el Vía Véneto y del fulgir de las tarjetas de crédito doradas: ¡todo por la patria!, o por la
nació…En realidad, meine Damen und Herren, el cuellicorto actuaba con impunidad, ya que con la ayuda de un juez prevaricador y también cofrade del trincar, las red de influencias tejida y la colaboración de otros cofrades (les anuncié que siempre son los mismos), flotaba de nuevo. La trayectoria de esos dos amigos del dinero fácil es conocida en Cataluña. Sin embargo, todo el debate en la
nació se reduce a la conveniencia o no de mostrarlos esposados en público, incluso muchos demostraron su indignación por el trato dispensado a los reos. Esos arrebatos de compasión hacia la cadena de presos demuestran lo que la clase política catalana, así como también muchos ciudadanos y medios de comunicación, opina sobre la corrupción:
debemos ser compasivos, todos haríamos lo mismo; y si no lo hacemos, es porque no tenemos la oportunidad. De cualquier modo, meine Damen und Herren, no me extrañaría que cualquiera de esos periodistas a sueldo—no del medio precisamente— les disculpara con aquello de…«son unos caballeros, y los caballeros…ya se sabe».
La tónica y la ginebra aún celebraban su encuentro cuando sonó mi móvil; era K. Sus primeras palabras fueron las de siempre: «Te echo de menos». No pude responder, estimados parroquianos, el sonido del hielo al chocar contra el cristal del vaso lo hizo por mí: yo también la echaba de menos.
Foto: Bar Chipen. Mi gin-tonic. Nvo (2009).