Donnerstag, Januar 07, 2010

CRÓNICAS DE UN BÁRBARO (8): CORTE Y VILLA.


CORTE: 1. f. Población donde habitualmente reside el soberano en las monarquías.

K. estaba entusiasmada con Madrid; disfrutaba de la ciudad, su gente y varios lugares: el templo de Debod y la Plaza de Oriente fueron sus favoritos. Asimismo, se mostró agradecida al público madrileño, ya que como ella me explicó “aprecia mejor la técnica”. No puedo serles explícito, meine Damen und Herren, porque ustedes ya saben que «la técnica» para mí se reduce a encontrar en mi gin-tonic la proporción exacta de ginebra Gordon’s o Bombay y tónica Schweppes. Llámenme maniático si así lo desean, estimados parroquianos, pero yo soy de esos que los experimentos no las hace ni en casa, ni con gaseosa. Sea como sea, K. disfrutó mucho de esas jornadas en la Corte y Villa— le fascinó descubrir un tinto: Pesquera—, que yo también aproveché para visitar antiguos conocidos. Sin embargo, fue durante esos días cuando ambos comprendimos que nuestro amor se había tornado indisoluble y que sería capaz de soportar cualquier embate, intromisión o malquerencia. Quizá esa fortaleza se refleja en la frase que repetimos cada día: «Eres el amor de mi vida». Ambos estamos convencidos de esa condición; tal vez por ello no nos importa nada ni nadie: sólo pensamos en nosotros y en lo afortunados que fuimos al poder realizar ese hallazgo. Nos acostumbramos al otro con una rapidez prodigiosa, queridos lectores, y supimos entrever en el carácter del otro lo que nos completa y complementa como seres. Me consta, y a ella también, que no somos capaces de concebir nuestra vida si no es junto al otro.
Meine Damen und Herren, ¿puede pedirse algo más? Yo creo que sí; por ejemplo la dimisión de nuestro siempre admirado José Luis Rodríguez, el Puma, un tipo que se muestra más agradecido que un sapo, ya que le besas y también se convierte en príncipe, pero de la imbecilidad. A ese lúgubre hombrecillo— no lo digo por…«Las góticas», porque su fealdad es tenebrosa y su porte indumentario ridículo— podríamos denominarlo «un político de relojería», y no sería por su exactitud o precisión, sino porque toca más cuartos que horas. Por más dinero que el Gobierno de España destine a lavar la imagen de ese mequetrefe de la inteligencia, el resto de políticos europeos son conscientes de que esa presidencia descafeinada recayó sobre un memo que ha convertido a su nación en un país al borde del desastre financiero y social, en un territorio que sólo podrá remontar el vuelo — siempre como el grajo, que vuela bajo— si retorna a los años en los que España era un país barato, tanto en salarios como en servicios. Sin embargo, meine Damen und Herren, eso ya no es posible, porque el euro es un dogal que ciñe el cuello de los países que lo aceptaron como moneda sin estar preparados para ello; no les digo nada cuando España tenga que aportar en lugar de recibir. ¿Nunca les llamó la atención que España, después de tanto tiempo en la UE, aún perciba fondos? La política económica de Rodríguez, la rapiña fiscal que ustedes padecen y la necesidad de que España sea competitiva obligarán a que el nivel de la clase media se iguale al de la obrera. Por cierto, estimados parroquianos: ¿Todavía existe la clase obrera en su país? No se sorprendan de la pregunta, queridos lectores, hace ya años que no me encuentro a un español que se reconozca como «obrero». Aun así lo entiendo, meine Damen und Herren, sé que un español lo que necesita y le importa es lucir una buena camisa— lo que se ve a simple vista—, a pesar de que se carezca de ropa interior o la suela de los zapatos esté agujereada: no se cruzan las piernas en público y el problema está resuelto. El inconveniente de nuestro admirado Rodríguez, un sujeto de capacidad tan flatulenta como desgarbada, es que se empeña en cruzar las piernas; que sepa descruzarlas es harina de otro costal. Los millones de parados españoles no podrán pagar sus facturas o satisfacer sus necesidades con el álbum de cromos a todo color que recogerá las reuniones y cumbres de Rodríguez. Asimismo, las empresas no incrementarán la productividad, tesorería, beneficios y competitividad por más «encuentros planetarios» que se produzcan. No obstante, Rodríguez, esa estampa que demuestra que trabajar cansa, está contento; aunque el pobre todavía no entendió la diferencia entre «querer» y «depender». Sea como sea, meine Damen und Herren, la presencia de Rodríguez y su próxima debacle nos plantea otra cuestión: ¿Qué haremos después con él? A pesar de ignorar sus respuestas, estimados parroquianos, me atrevo a proponerles una solución: construyan en Madrid una réplica del cerro del Corcovado— el que está situado en Río de Janeiro— y coloquen sobre él a Rodríguez; con los brazos extendidos, la sagacidad de saldo del bobo con ínfulas y esa mirada que atraviesa nuestro asombro para mostrarnos una idiotez tan repleta de pompa como de circunstancias.
Nos sentamos en un banco del templo de Debod: K. apoyó la cabeza en mi hombro y yo dejé que su cabello ensortijara mis dedos mientras nuestras mejillas se rozaban; fue un beso especial. Ella deseaba que yo le leyera algo que escribí hace algún tiempo; pero a pesar de que prefiero escribir en lugar de recitar, no me resultó difícil: ¿Acaso resulta algo difícil cuando se está enamorado, meine Damen und Herren?
Más tarde nos dirigimos hacia la Plaza de Oriente; deambulamos cogidos de la mano bajo la luz untuosa y anaranjada de las farolas, que entablaba un combate contra el resplandor metálico de la fachada del palacio. K. se detuvo para hacer varias fotografías; después nos sentamos en un banco de piedra: frente a frente, con nuestras piernas entrelazadas y el rostro a escasos centímetros. «Me gusta este lugar, me siento a gusto», confesó K. Yo dejé vagar la mirada, quería observar. Ustedes ya saben que Madrid no es mi ciudad favorita, pero ahora la veo con otros ojos. Aun así, meine Damen und Herren, sé que nunca será el amor de vida: ese espacio ya está ocupado en mi corazón.

Foto: Plaza de Oriente. K. (2009)


2 Comments:

Blogger Aguador said...

Meine geehrte Freiherr Van Orton:

A estas alturas no encontrarás todavía ningún español que a pesar de ser mileurista y lidiar con el alquiler o hipoteca, la parienta (o pariente, no seamos sexistas), los críos, el cabrón del jefe y/o los no menos cabrones de los compañeros, reconozca que su estatus social ha descendido de "clase media" a "clase obrera". El orgullo español hace el milagro. Aunque ésa parece ser la realidad: el PSOE necesita una clase obrera para poder redimirla adecuadamente. Y si donde gobierna no la hay, es muy capaz de crearla, como ha ocurrido en España. Lo cual no quita, por otra parte, que ni él ni sus colegas se comporten en modo alguno como "obreros": sus hijos no van a colegio público, sino privado, sus vacaciones salen "del Estado" (nosotros), en vez de pagárselas ellos... en fin...

Saludos,
Aguador.

1:54 nachm.  
Blogger Nicholas Van Orton said...

AGUADOR:

Así es, Aguador. El PSOE siempre se caracterizó por privatizar los beneficios (corrupción, favorecer a la banca, etc.) y generalizar las pérdidas. Créame, estimado amigo, que no creo que en toda Europa—quizá en Italia y algo en Francia— podamos encontrar una izquierda tan cutre, casposa y pasada de moda. Saludos.

3:48 vorm.  

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